divendres, 12 de desembre de 2008

"Hay que romper cáscaras y no ser caracoles"

Cuando Mossèn, Jordi Mas i Castells llegó al Camerún en 1960, no pensaba que 48 años después en su pueblo natal, La Garriga, lo acabarían nombrando “persona ilustre”. El homenaje de sus conciudadanos, celebrado la semana pasada, llegaba como colofón a la entrega del Premio Josep Parera en reconocimiento a su trayectoria personal.
Una trayectoria que se ha demostrado larga y fecunda, pero que arrancó el día en que vestido con sotana blanca llegó a Duala, la capital económica del Camerún. No había sido fácil. Hacía tres años que insistía ante sus superiores de la Diócesis de Barcelona en su deseo del traslado a las misiones. Allí, trabajando en los arrabales míseros, llenos de gente, afirma que el mundo se le vino abajo. “Me sentí tan pequeño, tan poca cosa”, recuerda ante la magnitud del trabajo por hacer. Su primer impulso fue volver a Barcelona. El entonces Obispo de Duala, Tomás Mongo, habló con él y le dio como alternativa “un periodo de prueba de un año” para partir hacia el norte del Camerún, una zona poblada mayoritariamente por musulmanes, donde el papel de la Iglesia Católica “era de testimonio”. Mas aceptó la propuesta y partió hacia Tokumbere, donde se incorporó al hospital local.

Eran tiempos esos de desconfianza en la zona hacia los cristianos. Esta oposición a la Iglesia quedó evidenciada cuando el médico suizo que gestionaba el hospital de Tokumbere, decidió abrir una delegación en la población de Zina, algo más al norte. “Cuando llegué al pueblo, los notables locales dijeron que no querían sacerdotes”. El médico suizo, Giorgio Maggi, impuso su presencia a los notables, diciendo que tenía permiso para instalar un hospital, que tenía libertad para escoger a sus colaboradores, y que uno de ellos era Mas. En Zina, el garriguense se instaló en el hospital y allí se empezó a encargar de cualquier gestión, desde un trámite administrativo hasta el acompañamiento de los enfermos, pasando por conducir la ambulancia. Una tarea nada fácil eso último en un país sin carreteras asfaltadas. Algo que aún, a sus 78 años, no le asusta a la hora de ponerse al volante de su todoterreno Toyota. Nunca le asustó, como prueba el que sea quizá el único vallesano que puede vanagloriarse de haber cruzado en dos ocasiones el desierto del Sáhara en coche, viajando entre España y el Camerún.

Un día el médico suizo decidió abrir un nuevo hospital más al norte, en la zona de Makary-Blangloua, muy cerca del lago Chad, ya en los confines del país, y le encomendó la misión a Mas de encontrar la ubicación más idónea. Recuerda que pasó un mes viajando por la zona, hasta que llegó a la conclusión de que éste debía ubicarse en el cruce de caminos de Mada. En 1974, este hospital, que actualmente cuenta con 120 habitaciones, y es referencia para los enfermos de más de un centenar de quilómetros, se puso finalmente en marcha. No sin dificultades. Mas siguió vinculado al Hospital de Mada durante más de dos décadas viendo su crecimiento y evolución. En 1988 falleció Maggi y él se encargó de darle sepultura en uno de los patios del Hospital.

En 1993, coincidiendo con el centenario de la llegada del catolicismo al Camerún, decidió seguir su camino hacia el norte y fundó la parroquia de Makary-Blangoua. Desde Mada, Mas oficiaba misa en Blangoua cada semana. “Había llegado la hora de tomar otro camino”, recuerda el sacerdote. En Blangoua se dispuso a poner en marcha una misión. Para ello, pidió al Sultán de Goulfey (una autoridad tradicional de la etnia kotoko y confesión musulmana) que le cediera unos terrenos. Así lo hizo… pero no le cedieron los terrenos que le habían pedido, sino otros distintos en las afueras de la población. Allí, en medio de la nada, debía ponerse en marcha la nueva misión. Jordi Mas compró cuatro contenedores de transporte de mercancías y los habilitó como vivienda. Tres neumáticos sirvieron para levantar el altar que sirvió para la primera misa. “A veces cuando te quieren perjudicar te ayudan”, explica Jordi Mas. Se refiere a que en Blangoua muy pronto les solicitaron la puesta en marcha de una escuela de maternal, que tuvo continuidad con los estudios de primaria y la formación profesional… El rápido crecimiento de las instalaciones escolares hizo que fuera una “suerte” el estar ubicados en una zona fuera del núcleo urbano y con terreno suficiente para este crecimiento incesante. Actualmente la escuela tiene más de 800 alumnos. La última fase de su expansión ha sido la construcción de una residencia de estudiantes que permitirá acoger a jóvenes procedentes de poblaciones alejadas.

Esta obra recibió un nuevo impulso con la llegada hace unos años de otro sacerdote catalán, Francesc Pausas, y posteriormente también con la del exvicario de Mollet, Miquel Ángel Pérez. Hace seis años, en el 2002, los dos corresponsables de la parroquia decidieron repartirse las funciones y Mossèn Jordi Mas se trasladó a vivir a Makary, mientras Pausas se quedaba en Blangoua, en una misión en plena marcha. En Makary en estos últimos años ha puesto en marcha los talleres destinados a las mujeres Femak, cuyo último refuerzo ha sido la construcción de la residencia de instructoras financiada parcialmente por el Consell Comarcal del Vallès Oriental. Concretamente a esta obra destinó los 11.000 euros recibidos en 2007 con motivo de la entrega por parte del Consell de la primera edición del Premio de Cooperación Internacional en reconocimiento de su larga trayectoria. No era el primer reconocimiento a su labor. Hace unos años recibió, por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores, la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica.

Desde las poblaciones de Makary-Blangoua se dirigen también antenas y actuaciones en Hile Alifa, Fotokol, Goulfey y las islas de Darak y Kofia, entre otras. “A estas alturas – explica Jordi Mas- me siento orgulloso de haber empezado un camino y de haberlo continuado con decisión”. En la zona de Makary-Blangoua en todos estos años ha visto como ante su presencia, se pasaba de la hostilidad a la convivencia sin problemas y al respeto de la mayoría de musulmanes y sus autoridades hacia su persona y su labor. “Nuestra misión es testimonial, de establecimiento de amistad con todos y de trabajo al servicio de la comunidad”. Pese a esta buena relación en la zona entre cristianos y musulmanes, Mas piensa que “aún hay que alcanzar un diálogo interreligioso, y llegar a ver las cosas que nos unen”. Si no se hace así, piensa, el futuro puede ser muy negro. “Con los musulmanes o nos damos las manos o nos destruiremos”, dice. Apuesta por el diálogo fructífero, el que implica escuchar y ser escuchado. “Hay que romper cáscaras y no ser caracoles”, explica gráficamente.

Jordi Abayá, periodista
Publicat a Revista del Vallès (12/12/2008)